• El árbol de la memoria

Volcán Osorno y la Leyenda de la princesa Licarayén

Actualizado: feb 11



Llevamos más de dos años en la región y todavía no nos regalábamos el tiempo para subir al volcán. Hemos estado en la mayoría de los senderos que ofrece el parque Vicente Pérez Rosales, pero siempre miramos con cierta lejanía el del Volcán Osorno. Y creo que la principal razón es que, al pensar en la idea de subir cualquier volcán, la sensación es de prepararse para todo un día de recorridos y agotamiento, y la verdad, es que en este caso, no podíamos estar más equivocados.


Salimos de Puerto Varas a eso de las 10 de la mañana y tan sólo 1 hora después, ya estábamos en la primera estación, que es donde se compran los boletos para los andariveles. La subida desde el inicio del Parque es rápida y accesible, en gran medida, porque todo el trayecto está pavimentado y bien señalizado. Las curvas pronunciadas obligan, de vez en cuando, a bajar la velocidad y permiten observar el hermoso paisaje que ofrece la ladera del volcán. El verde intenso de la vegetación es quién se adueña de la mayoría del camino, sin embargo, aún se puede apreciar el gris de las cenizas volcánicas que la erupción del Calbuco dejó el 2015.



A pesar de que el trayecto de subida es breve (siempre considerando que fuimos en auto, porque perfectamente se podría realizar en bici o a pie), nos topamos con, al menos, tres amplios miradores con vistas a la ribera sur del lago LLanquihue y al volcán Calbuco.


La primera estación o estación base, es donde termina el trayecto en automóvil y el ascenso puede continuar a pie (6 hrs) o en telesilla. Este punto cuenta con una boletería para acceder a los dos tramos que ofrece el paseo, baños y un pequeño negocio con golosinas y equipamiento para ski. Lo demás, viento y mucho pero mucho frío.



Como no andábamos equipados para subir a pie, optamos por el camino de las telesillas. Si, anteriormente, ya han tenido la oportunidad de subirse a este tipo de andariveles, la verdad es que estas, en especial, son súper estándar. Lo que sí convierte en única esta experiencia, sucede a medida que vas subiendo y descubriendo el nuevo paisaje ofrecido por la altura: La cercanía con las nieves eternas del volcán; la proximidad con los volcanes Calbuco, Tronador y Puntiagudo mirados todos en forma conjunta y, sobre todo; la maravilla de colores que desprende el valle del río Petrohué mirado desde arriba.



De más está decir que el Volcán Osorno es altamente concurrido por personas de todo el mundo. Y es en este punto donde me gustaría hacer un alto y compartir mi experiencia sobre un tema puntual. Y que no se malentienda: el Volcán Osorno es precioso, sus vistas de ensueño, un paseo totalmente recomendado para ir solo, en pareja o con toda tu familia. Mi tema, esta más relacionado con el imaginario creado y que se utiliza para comercializar este destino, más que con lo verdaderamente esencial que, repito, es una maravilla.   


Una vez en la cima, nos topamos con varios grupos de extranjeros disfrutando del paisaje. Hasta ahí todo perfecto. Lo que me llamó la atención, es que estos grupos estaban a cargo de guías turísticos locales, quiénes en su relato, enfatizaban el hecho de que nuestro volcán es conocido mundialmente por su parecido con el monte Fuji, en Japón. O que nuestra extensa cordillera está todo el año nevada y su parecido es innegable si la comparamos a los Alpes suizos. Y no sé si habrá sido la altura o la falta de sueño, pero me pareció tan innecesario intentar compararnos con otros países a fin de engrandecer la venta  de un relato, más aún, cuando el volcán y nuestros lagos ya poseen uno propio, que por lo demás, es precioso.


Puedo entender que la culpa no recaiga en los guías y que el turismo necesite de eufemismos para resultar atractivo. Lo que no comparto es que se prioricen los comentarios tipo monte Fuji o Alpes suizos, por sobre la construcción de un relato basado en las historias locales.  Y no es de extrañar, pues para quienes tenemos la fortuna de vivir acá, los volcanes, los lagos y los bosques son una postal con la que convivimos a diario pero que, ciertamente, desconocemos profundamente. Poco y nada sabemos sobre ellos y la intención de ahondar en su historia es tan escasa que, a menudo, recurrimos a comparaciones extranjeras para referirnos a lo nuestro.



Incluso, en Puerto Varas la desconexión con nuestro entorno es tal que, probablemente, pocos sepan de la escultura de Licarayén. Aquella icónica figura de fierro que tanto es fotografiada a orillas del lago es una princesa mapuche relacionada con nuestros volcanes y lagos. Según la leyenda, Licarayén, después de ser sacrificada por su propio pueblo para calmar la furia del volcán, da origen a los lagos que hoy conocemos como Llanquihue, Todos Los Santos y Chapo.



La leyenda de la princesa Licarayén


Cuando aún no habían llegado a estas tierras los hombres blancos, vivían alrededor de los volcanes Osorno y Calbuco, varias tribus huilliches. La princesa Licarayén era la más pura y linda de las jóvenes, enamorando de inmediato al valiente toqui Quitralpi. Enamorados, ya se había dispuesto que la siguiente primavera celebrarían la ceremonia que los uniría para siempre.


Pero Peripillán, un antiguo espíritu quien habitaba prisionero en el volcán Osorno, tuvo envidia de Quitralpi. No pudo resistir tanto amor entre los jóvenes y decidió interrumpir la felicidad de estos. Pirepillán comenzó entonces a vomitar humo, azufre y fuego, haciendo temblar la tierra. Grandes llamaradas que salían de los cráteres iluminaban el cielo; las montañas vecinas parecía que ardían y las inmensas quebradas que circundaban los volcanes Osorno y Calbuco parecían como bocas del mismo infierno.


La tribu se reunió para resolver cómo podrían aplacar el enojo de ese gran pillán. Fue así que apareció entre ellos una vieja y sabia machi, diciendo: "Para llegar al cráter es necesario que sacrifiquéis a la virgen más hermosa de la tribu. Tienen que arrancar el corazón y taparlo con una rama de canelo. Entonces verán que vendrá un pájaro desde el cielo, comerá el corazón y después llevará la rama de canelo al hogar de Pirepillán”.


El lonco preguntó cuál de las vírgenes de su tribu era la más virtuosa, y muy a pesar de sus deseos, aceptó la decisión de que la más bella y virtuosa era su propia hija Licarayén. Con lágrimas el lonco comunicó a su hija que había sido elegida para salvar a la tribu de la ira del pillán.

-No llores- respondió ella. Muero contenta, sabiendo que mi muerte ha de aliviar las amarguras y dolores de toda nuestra tribu. Y pidió que su lecho de muerte fuera preparado por el toqui Quitralpi, y que sólo él tocara su corazón. Al día siguiente, cuando el sol empezaba a aparecer por encima de la cordillera, un gran cortejo acompañó a Licarayén al fondo de la quebrada, donde el toqui tenía preparado un lecho con las más perfumadas flores que había encontrado en los prados y bosques. Llegó Licarayén y se tendió sobre aquel lecho de flores que había de transportar su alma a la eternidad. Quitralpi acercó sus labios a la frente de la princesa, y después, haciendo un enorme esfuerzo para no estallar en llanto, le abrió el pecho, extrajo su corazón, y acogiéndolo entre sus manos como quien acuna un niño, se lo entregó al padre de la joven.


Toda la tribu quedó en el valle esperando la realización del milagro, cuando de pronto apareció en el cielo un enorme cóndor que, bajando en raudo vuelo, de un bocado se engulló el corazón y agarrando la rama de canelo emprendió el vuelo hacia el cráter del Osorno que, en esos momentos, arrojaba enormes lenguas de fuego. Dio el cóndor, en vuelo espiral, tres vueltas por la cumbre del volcán y, después de una súbita bajada, dejó caer dentro del cráter la rama sagrada.


En ese mismo instante comenzó a caer sobre la tierra una blanquísima nieve que fue cubriendo el cráter; parecía que el alma pura de la virgen volvía hacia la tierra en busca de Quitralpi. Entonces el toqui se arrojó sobre la punta de su lanza y atravesó su pecho para así unirse con su amada Licarayén.


La nieve cayó durante días, semanas y años enteros. Fue una lucha entre el fuego que subía del volcán y la nieve que caía del cielo. La nieve fundida bajaba por las faldas del Osorno y del Calbuco formando, lo que hoy conocemos, como los lagos Llanquihue, Todos los Santos y Chapo.

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