• El árbol de la memoria

#2 Recién casados: nuestros primeros cambios


¿Qué sentido tiene estar con alguien si no te cambia la vida?

(Alejandro Zambra)


En términos de convivencia, casarse después de los treinta tiene sus ventajas y desventajas. Las cosas buenas, están ligadas a la madurez que encuentras -la mayoría de las veces- en tu pareja. Además, las decisiones suelen ser menos impulsivas y eso garantiza no equivocarse tanto. En cuanto a lo negativo, conoces a una persona con hábitos ya forjados y difíciles de cambiar. La forma de actuar y de hacer las cosas no siempre van de la mano con lo que tú estás acostumbrado y, si llegado cierto punto, no existe consenso, la situación puede dar origen a una infinidad de problemas.



La comunicación




Para muchas parejas, el no pelear por un largo periodo de tiempo, significa estar pasando por un buen momento en la relación. Sin embargo, eso no quiere decir que se estén comunicando de buena forma. Existe cierto tipo de personas que, al momento de tratar temas complejos o que puedan llevar a una discusión, prefieren evitarlos o posponerlos con tal de no discutir. Quizás suene sensato si la contraparte es un pariente lejano o alguien con el que no tienes mayor relación. Pero, cuando ese alguien es la persona con quien convives todos los días de tu vida, la situación pasa a ser algo más delicada.


Con Karen, nos pasó que enfrentábamos esas situaciones de manera muy distinta. Por mi parte, siempre estaba la intención de conversar e intentar abordar los temas que nos mantenían complicados. Si existía algún problema, la idea era siempre resolverlo de raíz antes de que se transformara en un problema aún mayor. Ella, por su parte, actuaba de una manera más libre, dilatando situaciones sin anteponerse a las posibles consecuencias.





Como comprenderán, en un matrimonio la mayoría de las decisiones pasan a ser de a dos, o al menos, así lo decidimos nosotros. En un comienzo, para ella fue difícil adaptarse a este estilo de vida. El ejercicio de sentarse a conversar y decidir en conjunto desde, lo no tan relevante hasta lo más transcendental, fue algo totalmente nuevo. Con el paso del tiempo, entendimos que esta práctica nos acercaba aún más y fortalecía nuestra relación. El conversar y decidir en pareja lleva a que estemos al tanto de lo que está ocurriendo con el otro: qué quiere para sí mismo como para la relación. Quizás suene de perogrullo, pero estoy seguro que muchas parejas no conocen, en gran medida, qué quiere su compañero: cuáles son sus deseos, aspiraciones, sus planes de vida.


Otro punto positivo es que, si por alguna razón, la decisión tomada no nos beneficiara como esperábamos, pues simplemente ya está. Es algo que decidimos pensando siempre en lo mejor para nosotros. Y si fallamos, fallamos ambos. En ese sentido no existe lugar para recriminaciones o reproches en contra del otro.


El orden



Debo admitir que, el orden, es un tema que siempre tomé con bastante ligereza. Durante mi vida de soltero no fui, precisamente, un ejemplo en lo que respecta a este tema. Y cuando digo que no fui un ejemplo estoy siendo bastante condescendiente. La realidad es que era un verdadero desastre.


Para mi "fortuna", estoy casado con alguien que ostenta el título de ser muy ordenada o, en palabras sencillas, una maniática del orden. Recuerdo que, de recién casados, quise un par de veces ayudar en el orden de nuestro nuevo hogar. Y es que, claro, con el comienzo de una nueva vida en pareja nace la motivación por cambiar antiguos hábitos. Intenté con la limpieza y el orden característico de los fines de semana y, si bien, fui aprendiendo y mejorando a medida que pasaban las semanas, hubo siempre una labor que, hasta el día de hoy, estoy totalmente desacreditado: hacer o tender la cama.





La primera vez que lo hice, Karen se despertó a las tres de la mañana a desarmar la cama y volver a rehacerla desde cero. Todo un espectáculo. Pasó que una esquina de la sábana se había desencajado. Yo sólo la miraba medio dormido y tratando de comprender la escena, algo difícil para alguien que, con suerte, hacía su cama 3 veces por semana. La situación se repitió un par de veces más y fue suficiente para que desistiera de seguir intentándolo. Incluso, hasta el día de hoy, existe un instructivo pegado en nuestro refrigerador indicando el paso a paso para hacer correctamente una cama. Y ahora que lo pienso, creo que sigue ahí como recordatorio de que aquel es un territorio en el que, a pesar de haber puesto todos mis esfuerzos, no debo adentrarme nunca más.


La Alimentación




Ya no es necesario estudiar gastronomía ni viajar por el mundo para cocinar exquisitos platos. Sé que suena como aviso publicitario, sin embargo, la realidad es que hoy tenemos la suerte de contar con una infinidad de implementos, ingredientes, recetas, consejos e ¡internet! para lucirnos con alguna preparación. Y, si bien, suena todo sencillo debo reconocer que, en un comienzo y a pesar de todas estas facilidades, nuestras ganas de cocinar fueron absolutamente nulas. Tanta fue la desidia en la cocina, que, como consecuencia, las primeras semanas de matrimonio fueron resumidas a muchos, pero ¡muchos! pedidos a domicilio.


Y es posible que, el delivery, en contadas situaciones sea una salvación. Pero cuando se transforma en un hábito, claramente estamos frente a un problema. Después de un tiempo es inevitable que se vuelva monótono, por lo general, son comidas altas en grasas así que vas engordando, es considerablemente más caro que cocinar en casa y, lo más importante: está muy lejos de ser sano. Enfermedades como la diabetes, hipertensión e incluso cáncer pueden ser producto de una mala alimentación. Y el riesgo es aún mayor, cuando estas enfermedades ya existen, tanto en la familia de Karen, como en la mía. Entonces decidimos que, si queríamos estar por mucho tiempo juntos, era una necesidad que nos cuidásemos y nos mantuviéramos sanos. Ese fue el punto de partida para motivarnos a mejorar nuestra alimentación.




Desde ahí en adelante, fue todo aprendizaje. Incluimos en nuestro día a día platos sencillos pero preparados en casa, intentando siempre sumar ingredientes naturales y sin procesos. Eliminamos el azúcar y las grasas de nuestra vida, aunque eso no significa que, de vez en cuando, podamos salir de nuestra dieta y disfrutar algún pastel de chocolate o una hamburguesa con tocino.


La verdad es que todo esto pareciera tener un razonamiento lógico. Y ciertamente, lo tiene. No estamos haciendo ningún descubrimiento al decir que deberíamos alimentarnos mejor. La mayoría de nosotros lo sabe, pero también hemos estado del bando contrario y no podemos desconocer lo extremadamente difícil que es concientizar sobre lo que estamos ingiriendo. Evitar McDonalds, Burguer King y todas las cadenas que nos hacen agua la boca es tarea difícil. Sin embargo, pensar que a través de los alimentos puedes dañar o enfermar a tus seres queridos, tanto como a ti mismo, inevitablemente produjo un quiebre en nuestros antiguos hábitos alimenticios. No existió mejor razón para redoblar nuestros esfuerzos en hacer de lo saludable una prioridad en nuestro estilo de vida.


Los horarios



Dejé este punto para el final porque es, sin duda, el tema que nos ha generado mayores complicaciones desde que vivimos juntos. De niño, siempre me mantuve despierto hasta altas horas de la madrugada. Principalmente, porque es en la madrugada cuando mi creatividad fluye, nacen las ideas y cualquier cosa que no haya alcanzado a hacer durante el día, la noche parece un buen momento para terminarlo. Un hábito que mantengo hasta el día de hoy. Por el contrario, el sueño de Karen es sagrado. Una noche perfecta para ella es dormir durante diez horas y, ojalá, sin interrupciones. Algo prácticamente imposible conmigo a su lado.


Tengo que reconocer que, en un comienzo, la situación era bastante difícil. Su tiempo de descanso y mi horario de recreación estaban lejos de ser compatibles. Las luces que me permitían leer, para ella eran una molestia; el sonido de las teclas al escribir la despertaban; los destellos de cualquier pantalla la sacaban de su sueño. Un problema que duró varios meses y que ocasionó incontables disgustos entre nosotros. Sin embargo, sirvió para entender que, al menos en este ámbito de nuestra vida, definitivamente no éramos compatibles. ¿Qué hacer, entonces?


Una de las principales medidas, fue establecer que cada lugar de la casa cumpliese una función específica. Por ejemplo, la sala de televisión es para ver televisión; la mesa del comedor, para sentarse a comer, y así con todos los rincones de nuestro hogar. Pasa que, tendemos a usar los espacios como espacios comunes o multiuso y eso, en vez de darnos comodidad, termina por confundirnos. Y digo confundirnos porque el cuerpo termina acostumbrándose a realizar actividades en entornos específicos. Cuando Karen pone la cabeza sobre la almohada, su cuerpo sabe, inequívocamente, que llegó el momento de dormir. En mi caso, son señales diversas y confusas que están siendo enviadas: puede ser dormir, leer, escuchar música, revisar cómo va mi semana, etc.





Ha sido un proceso de acostumbramiento lento pero que, poco a poco, está dando resultados. Si no tengo sueño, simplemente me levanto y voy a la sala contigua a leer o escribir un rato. De esta forma, Karen puede seguir durmiendo sin interrumpir su descanso y yo, por mi parte, trabajo desde un lugar que está acondicionado, especialmente, para la labor que estoy realizando.


Si bien, el tema de los horarios es el que más nos ha traído complicaciones, es por lejos, el punto de discordia que más he disfrutado dedicarle tiempo. La razón es sencilla, y es que derriba absolutamente la fantasía de encontrar a alguien igual a ti para ser feliz: el cliché de la media naranja. Problemas y puntos de desencuentro van a existir siempre, lo importante es tratar de buscar la mejor solución y seguir adelante. Soy un convencido de que no existen las mitades iguales. Lo importante es encontrar a quien será, durante toda tu vida, la mejor mitad para ti.



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